Todos tenemos rincones donde escondernos, poner la cabeza debajo del ala y dejarnos llevar. Dejarnos llevar y simplemente poder limitarnos a respirar. Respirar y vivir. Nada de sobrevivir, sino vivir que es mucho más emocionante, da mucho más de sí. Y girar en torno a nosotros mismos durante segundos, o minutos, o incluso horas porque en esos lugares el tiempo es un concepto que se desintegra y deja de existir. Todos tenemos rincones donde poder encontrarnos, sentirnos más nosotros mismos, más personas, más humanos. No vernos con la necesidad de fingir, ni mentir, ni aparentar, ni odiar, ni luchar, ni sobrevivir. Simplemente apretar el botón de pausa en la vida, y sentarse, y contemplar el mundo, y dejar que todo corra. Todo menos tú. Y observar, y apuntar, y memorizar, y fotografiar, y sentir, y escuchar, y respirar, y vibrar, y sonreír y, por qué no, querer.
Acostumbrarse a desacostumbrarse
29 abrEs domingo, estamos a finales de mes, es puente y se va otro abril y llega otro mayo. Y estos son tan diferentes de los de hace un año. Llega mayo y tendría que empezar a poner las cosas en su sitio o, al menos, intentarlo. Debería buscar un orden que no se si quiero encontrar, que no se si quiero establecer, y mucho menos plantearme. Las cosas están bien así como están. En realidad, mejor que nunca. Pero es cuestión de mes y medio que toda esta realidad montada en Barcelona desaparezca, o se difumine o ¡qué se yo! Es hora de pensar, de decidirse, de imponerse, de luchar, de actuar. Llevo estos ocho meses alargando el momento, pensando que un día me levantaré y lo veré todo claro. Lo que realmente no sé, o no quiero aceptar, es que mi subconsciente hace ya tiempo que ha tomado una decisión. Es hora de aceptar que estos casi cinco años terminan. Aceptar que los 23 llegarán en cuestión de días y que ya es hora de hacerse una vida, por no decir hacerse grande que suena demasiado grande. Suena y, por qué no decirlo, me viene demasiado grande. Las cosas ya no van a ser lo mismo. En realidad, ya no lo son. Las cosas cambian, siempre, pero al final quien hace que las cosas sean lo que son es la gente. Y la gente que tiene que estar, estará. Porque las cosas son así. Quien tiene que marcharse, lo hace, aunque no nos guste, aunque alarguemos las cosas hasta el máximo, aunque lo intentemos con todas nuestras fuerzas. Y quien tenga que quedarse, se quedará. Y punto. Punto y final. O parte. O principio. ¡O qué se yo! ¿Lo sabes tú? Y son sólo palabras juntas de cosas que hace meses que pienso, que no me atrevo a visualizar. Cuando nos acostumbramos a algo, después cualquier cosas nos parece peor. Que ahora me he acostumbrado y no tengo ganas de desacostumbrarme. Nada, que nos tendremos que acostumbrar a desacostumbrarnos.
Ya lo había dicho yo, es domingo.
Pequeños momentos
22 abrAl fin y al cabo no lo podemos negar: buscamos la felicidad. Cuando viajamos, cuando disfrutamos, cuando somos felices, cuando rememoramos momentos especiales siempre nos quedamos con detalles insignificantes desde fuera, absorbentes desde dentro. Me acuerdo de la luz que tenían aquellos ojos la primera vez que los vi tan de cerca, con ese verde que era capaz de desnudarme incluso el alma. De aquel día que entré en clase y me pediste ser tu amiga, de aquellos cordones intercambiables que teníamos. Me acuerdo de la sonrisa y la carrerilla que coge mi prima cada vez que me ve, de las lágrimas que nunca salen en los reencuentros después de meses, de las palabras que sólo se dicen en forma de abrazos, de las miradas que se rehuyen por miedo a decir demasiado, por miedo a no saber mentir. Me acuerdo de las baldosas que no estaban en su sitio, de los cuadros que te hacen llorar, de las canciones que representan tu vida y que nunca suenan dos veces igual. Me acuerdo del viento arropándome en lo alto de aquella muralla que da al Adriático, del frescor de la hierba en aquel biergarten alemán, del helado de sandía que se deshace en los labios en aquella colina, del dolor de pies de tanto pedalear, de la adrenalina después de ser perseguido por policías, de sentirte el rey del mundo surcando el Moldava en un bote que casi se hunde. Me acuerdo de peluches que viajan en tu bolsillo derecho, de tranvías que se pasan tu parada, de lágrimas escondidas detrás de gafas de sol empañadas, de fotografías que inundan paredes, de paredes que encierran cuerpos pero abren mentes, y sueños, y esperanzas. Me acuerdo de la velocidad con que mueve la cola mi perro cada vez que me ve, de los amaneceres volviendo de algún sitio, de las noches sin sentido, de los sentidos perdidos por la noche. Me acuerdo de las risas cómplices, de las frases que terminan sin terminar, de los escenarios a los que nos hemos subido, de las piezas de ajedrez que hemos movido y que han perdido la batalla. Me acuerdo de excursiones que terminan con atardeceres, cervezas y aceitunas.
Porque, en realidad, nunca he entendido como funciona esto de la memoria (y menos esto del corazón), pero sólo sé que cuando no sé a dónde voy, me acuerdo de esos instantes pequeños, casi imperceptibles, de felicidad que me hacen ser quien soy.
El puente de las cadenas, el rey del Danubio
10 marHace un año estaba yo a puntito de descubrir una de las ciudades más impresionantes de centro-europa, de esas que tienen historia por doquier, de esas que forjaron nuestro mundo: Budapest. Estaba a punto de montarme en un autobús y tragarme 7 horas para llegar a la ciudad del Danubio, a la ciudad del Gulash.
En su día ya os hablé del Parlamento, ese coloso que se levanta a orillas de uno de los ríos más famosos. Pero es que debo volver a Budapest, no sólo para recordar el aniversario de mi visita, sino también porque el Puente de las Cadenas Széchenyi se lo merece por su belleza, por su saber estar y por unir dos ciudades que en su día no se querían.
Etiquetas: budapest, danubio, puente cadenas, río
“La melancolía es la felicidad de estar triste”. Víctor Hugo.
2 mar“La melancolía es la felicidad de estar triste” Bien lo decía Víctor Hugo, bien lo siento yo ahora. Pensando que estoy a un año luz de lo que fue Praga y aquel puente repleto de cantantes de jazz y turistas, sólo tengo un sentimiento recorriéndome el cuerpo y no es otro que el de la melancolía. Una melancolía muy amarga. Tan amarga que a veces no me deja vislumbrar la belleza de estas calles soleadas, estos edificios modernistas y este clima mediterráneo. Una melancolía que me recuerda que la felicidad sí existe.
Etiquetas: charles bridge, jazz, Praga, República Checa







