Valldemossa, ese pueblo donde vivir

Hay pueblos que aunque pasen los años siguen intactos, como si el paso del tiempo no fuese con ellos, como si se hubieran quedado estancados en sus inicios.  Hay pueblos que por muy pequeños que sean siempre tienen rincones que enseñarte, callejuelas por las que perderte y ventanas por las que mirar. Hay pueblos que por mucho que visites siempre te re-enamoran, te apasionan y te despiertan ese no se qué . Y  lo mejor de todo es que, a veces, encuentras pueblos que cumplen todas estas características.

Valldemossa es ese pueblo. Perdido entre los parajes de la Serra de Tramuntana, en la isla de Mallorca, este pueblo acoge cientos de turistas que durante unas horas deciden quitarse los bañadores y se alejan de las playas para disfrutar de sus calles empedradas y llenas de macetas. Valldemossa, a tan solo unos 30 minutos de Palma, es de esos sitios que uno no debe obviar sea cual sea la estación del año. En invierno es de los pocos pueblos de la isla que se cubre con un manto de nieve que le da una atmósfera romántica, casi melancólica. Los colores de las flores inundan sus calles en primavera y las noches cálidas de verano son más llevaderas tomando la fresca a los pies de la Sierra.

Valldemossa aparece ante los ojos de los visitantes después de una gran cantidad de curvas. El pueblo simplemente emerge de la nada, como si se quisiese esconder del bullicio de la isla, como si tuviese vergüenza. Cuando uno llega lo que le llama la atención es, sin duda, la Cartuja con unos azulejos coloridos. En la Cartuja, Chopin y George Sand pasaron el invierno del 1838, componiendo y escribiendo respectivamente. En realidad, ellos no fueron los únicos que quedaron prendados de la belleza de Valldemossa: Rubén Darío, Jorge Luis Borges, Jovellanos y Santiago Rusiñol también decidieron pasar largas temporadas en este pueblo.

Pero la realidad es que Valldemossa nunca ha necesitado famosos para promocionarse. El pueblo ha sabido adaptarse a ese vaivén de autocares y turistas, manteniendo la calma y el adjetivo “bello” inscrito en cada empedrado, en cada adoquín y azulejo dedicado a Santa Catalina Thomas, su patrona.

Valldemossa, además, no sólo deleita la vista, sino que también es un lujo para el gusto. Cualquiera que vaya, no puede marcharse sin antes saborear una coca de patata con chocolate, en invierno, o con horchata de almendra, en verano.

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