Quasimodo en Notre Dame

París es de esas ciudades que no necesita presentación, que enamora simplemente con pronunciar su nombre aunque sea con un pésimo acento francés. En París se respira arte, arquitectura, historia y pasión a tutiplén. Por las calles de París han paseado cientos de autores que se han inspirado en sus edificios y otros cientos de protagonistas de películas han vivido tormentosos amores, pasiones desenfrenadas y un sinfín de historias que nos recuerdan porque París es la ciudad del amor.

Víctor Hugo no fue menos y trajo al mundo la que ha sido, quizás, una de las historias de amor más extrañas y bonitas jamás contada. Nuestra Señora de París nos cuenta la desdichada historia de amor entre Quasimodo (más tarde conocido como “el jorobado de Notre Dame) y Esmeralda (una joven gitana), en el París del siglo XV. El escritor francés convirtió la catedral de Notre Dame en el principal escenario de una obra que ha hecho más famosa, todavía si cabe, la iglesia parisina.

Es por ello que cuando subimos los 387 escalones de las torres de Notre Dame no podemos dejar de pensar en ese desdichado joven, Quasimodo. Desde los 69 metros de altura, uno se plantea que quizás, dentro de lo que cabe, Quasimodo no fue tan desgraciado porque pudo disfrutar de la que es, para una servidora, la mejor vista de París. Justo delante de nuestros ojos podemos ver como se levantan la Torre Eiffel y el Sacré Coeur, como los boulevards llegan hasta el Arc de Triomphe, como el Sena atraviesa esta ciudad.

Una vez arriba, dos son los elementos que nos siguen recordando al libro. Por una parte, la campana Emmanuel. Situada en la torre sur, esta campana fue la que Quasimodo tuvo que hacer doblar durante toda su vida. Allí sigue Emmanuel, dispuesta a que cada turista que lo visita intente tocarla.

Por otra parte, quizás la vista no es lo más impresionante aquí arriba. Las quimeras son importantísimas en las torres de Notre Dame. Uno las mira con mucho respeto, no sea cosa que cobren vida y empiecen a hablar. Estas figuras de piedra que representan monstruos fantásticos, mitad humanos mitad animales, dan a la terraza, aún si cabe, un toque más misterioso, incluso grotesco.

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