Pequeños momentos

Al fin y al cabo no lo podemos negar: buscamos la felicidad. Cuando viajamos, cuando disfrutamos, cuando somos felices, cuando rememoramos momentos especiales siempre nos quedamos con detalles insignificantes desde fuera, absorbentes desde dentro. Me acuerdo de la luz que tenían aquellos ojos la primera vez que los vi tan de cerca, con ese verde que era capaz de desnudarme incluso el alma. De aquel día que entré en clase y me pediste ser tu amiga, de aquellos cordones intercambiables que teníamos. Me acuerdo de la sonrisa y la carrerilla que coge mi prima cada vez que me ve, de las lágrimas que nunca salen en los reencuentros después de meses, de las palabras que sólo se dicen en forma de abrazos, de las miradas que se rehuyen por miedo a decir demasiado, por miedo a no saber mentir. Me acuerdo de las baldosas que no estaban en su sitio, de los cuadros que te hacen llorar, de las canciones que representan tu vida y que nunca suenan dos veces igual. Me acuerdo del viento arropándome en lo alto de aquella muralla que da al Adriático, del frescor de la hierba en aquel biergarten alemán, del helado de sandía que se deshace en los labios en aquella colina, del dolor de pies de tanto pedalear, de la adrenalina después de ser perseguido por policías, de sentirte el rey del mundo surcando el Moldava en un bote que casi se hunde. Me acuerdo de peluches que viajan en tu bolsillo derecho, de tranvías que se pasan tu parada, de lágrimas escondidas detrás de gafas de sol empañadas, de fotografías que inundan paredes, de paredes que encierran cuerpos pero abren mentes, y sueños, y esperanzas. Me acuerdo de la velocidad con que mueve la cola mi perro cada vez que me ve, de los amaneceres volviendo de algún sitio, de las noches sin sentido, de los sentidos perdidos por la noche. Me acuerdo de las risas cómplices, de las frases que terminan sin terminar, de los escenarios a los que nos hemos subido, de las piezas de ajedrez que hemos movido y que han perdido la batalla. Me acuerdo de excursiones que terminan con atardeceres, cervezas y aceitunas.

Porque, en realidad, nunca he entendido como funciona esto de la memoria (y menos esto del corazón), pero sólo sé que cuando no sé a dónde voy, me acuerdo de esos instantes pequeños, casi imperceptibles, de felicidad que me hacen ser quien soy. 

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