Acostumbrarse a desacostumbrarse

Es domingo, estamos a finales de mes, es puente y se va otro abril y llega otro mayo. Y estos son tan diferentes de los de hace un año. Llega mayo y tendría que empezar a poner las cosas en su sitio o, al menos, intentarlo. Debería buscar un orden que no se si quiero encontrar, que no se si quiero establecer, y mucho menos plantearme. Las cosas están bien así como están. En realidad, mejor que nunca. Pero es cuestión de mes y medio que toda esta realidad montada en Barcelona desaparezca, o se difumine o ¡qué se yo! Es hora de pensar, de decidirse, de imponerse, de luchar, de actuar. Llevo estos ocho meses alargando el momento, pensando que un día me levantaré y lo veré todo claro. Lo que realmente no sé, o no quiero aceptar, es que mi subconsciente hace ya tiempo que ha tomado una decisión. Es hora de aceptar que estos casi cinco años terminan. Aceptar que los 23 llegarán en cuestión de días y que ya es hora de hacerse una vida, por no decir hacerse grande que suena demasiado grande. Suena y, por qué no decirlo, me viene demasiado grande. Las cosas ya no van a ser lo mismo. En realidad, ya no lo son. Las cosas cambian, siempre, pero al final quien hace que las cosas sean lo que son es la gente. Y la gente que tiene que estar, estará. Porque las cosas son así. Quien tiene que marcharse, lo hace, aunque no nos guste, aunque alarguemos las cosas hasta el máximo, aunque lo intentemos con todas nuestras fuerzas. Y quien tenga que quedarse, se quedará. Y punto. Punto y final. O parte. O principio. ¡O qué se yo! ¿Lo sabes tú? Y son sólo palabras juntas de cosas que hace meses que pienso, que no me atrevo a visualizar. Cuando nos acostumbramos a algo, después cualquier cosas nos parece peor. Que ahora me he acostumbrado y no tengo ganas de desacostumbrarme. Nada, que nos tendremos que acostumbrar a desacostumbrarnos. 

 

Ya lo había dicho yo, es domingo.

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