Libertad máxima

Ojos cerrados. Brazos y piernas medio en tensión, esperando sin saber el qué. Pelo suelto. Respiración lenta, pausada, tranquila. Y a la de tres sumergirte en ese agua aturquesada tan al fondo como puedas y notar como de golpe y porrazo todo desaparece, se desvanece. Y entonces entender que eres tú. Tú y el mar. Tú, el mar y algún pez que osa arrancarte alguna piel muerta de estos pies que están hartos de andar. Andar muchas veces por un camino de piedras que nadie piensa asfaltar. Un camino sin sentido alguno que esperas algún día se llene de sentido.

Y sumergirte tanto como tus inexpertos pulmones te permitan. Y dejar la mente libre durante segundos. Pero disfrutar de esa presión física que te obliga a cerrar unos ojos que tienen la vista cansada de ver cosas que te gustaría borrar y volver a dibujar tantas veces como fuese necesario para que saliesen bien. O mínimamente aceptables. Unos momentos incalculables de libertad máxima: sin lazos que estrechen hasta ahogar, sin responsabilidades que se acomoden en tu espalda, sin decisiones que piquen en tu cerebro ni sentimientos que griten que quieren salir.

Y entonces respirar profundo y salir. Salir con toda la fuerza que creías que no tenías, que habías dejado perdida en algún lugar de tu adolescencia. Y abrir los ojos y respirar. Respirar como si acabases de nacer y fuese la primera vez que esos pulmones reciben aire. Y quitarte el pelo pegado a la cara. Apartarlo y ver esas nubes que tapan el cielo. Unas nubes que no sabes si colorear de un negro tormenta y decorar con relámpagos que asusten hasta al menos asustadizo o si más bien pintarlas de un azul-anaranjado dando paso a la esperanza de una nueva época.

Siempre me ha llamado la atención el azul-anaranjado de los amaneceres, de las nuevas esperanzas, de los nuevos inicios.

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