Apatía, que mala compañía

Apática a más no poder. O a más sí poder, quién sabe hasta dónde puede llegar esto. Saber que haces lo que debes, pero quizás no lo quieres. O sin el quizás. Porque últimamente la apatía se convierte en clarividencia. Sé que estoy aquí, en este presente que cuesta cambiar, con unos sentimientos más a flor de piel de lo normal, con unas ganas incalculables de alzarme y gritar hasta la saciedad. Una saciedad que satisfaga con exceso el deseo de libertad real. Nada de libertades inventadas, de comidas que saben a plástico, de canciones que no erizan ni un pelo rizado, de fotografías retocadas con efectos para darles algo de emoción, algo de vida, algo de verborrea. Una pizca de sal y unas gotas de limón para que, al menos, esta herida cueza. Y sane.

No queda recoveco que no haya sido invadido por la indolencia, la dejadez, por una falta de vigor que, meses atrás, no sería capaz de discernir en mi misma. Ni en nadie. Nunca me hubiesen gustado las personas pesimistas, sin verborrea ninguna,  con palabras insulsas, sin pizca de gracia en el acento, ni brillo en los ojos o los dientes. Nunca me hubiese acercado a las personas con manos que no sepan agarrar, y mucho menos acariciar, con piernas que tiemblen y se debiliten a la mínima subida, que flaqueen ante el mínimo esfuerzo. No habría aceptado en mi círculo a gente apática, sin ilusiones, sin esperanzas, sin utopías ni Ítacas a las que llegar, a las que aferrarse. No habría disfrutado con poemas vacíos de contenido, narraciones sin trasfondo, bebidas que no saciasen la sed. No habría incluido en mi vida nada de esta materia inerte. Y ahora todo lo que no quería ver en nadie se está posando poco a poco aquí, llevándome a un camino de incongruencias, de imposiciones que no quiero acatar pero que acato por la maldita apatía que se está apoderando de esta habitación.

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