La bipolaridad.

Soy chica de plurales cuando en realidad a mi vida le iría mejor los singulares. Indecisa por definición. No es nada fácil elegir el chocolate que toca comprar aunque quizá siempre termine decantándome por el blanco. O por el negro. Siempre acabo pensando qué más da, lo importante es que haya chocolate. Una casa sin chocolate ni helado no es hogar, sólo es casa. Y para qué queremos una casa cuando podemos tener un hogar.

¡Qué palabra tan extraña esta de hogar! De difícil definición, aunque los intelectuales crean poder definir todo. Soy indecisa y las definiciones no van conmigo. En realidad, creo que no van con el mundo. Pues me iría mejor conformarme con una ciudad, dos a mucho estirar.  Y ando con casi veinticuatro queriendo a tres por haber formado parte de mí, y poco me queda para introducir una cuarta.

Casi veinticuatro y querría una vida singular. Singular de unipolaridad, no de especial. O singular de especial también, por qué no, vayamos a aspirar a lo máximo. Si no lo hacemos ahora que somos jóvenes, ¿cuándo lo haremos? Jóvenes e inconscientes. Pero es que la inconsciencia juvenil debería mover el mundo. Somos lo mejor que podemos ser de jóvenes. Y ahora somos cuánto quisimos. Me acuerdo de aquellos planes que trazamos en arenas que el  agua se llevaba. Y desaparecían físicamente pero se quedaron aquí. E intento llevarlos a cabo porque en esa época sabía qué era lo que me hacía feliz. Ahora, lo dudo a veces. Y otras tantas lo reconozco. Cosas de la bipolaridad. O de la tripolaridad. ¡Qué sé yo!

En realidad no (me) entiendo. Pero supongo qué más da, al fin y al cabo las incógnitas cambian cada día. Como la ropa. Y las nubes. Y un sinfín de cosas que no merecen ser nombradas.

Cadaques

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