Al este del oeste

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Es extraño y curioso, vengativo y quebrantado, pero anda por estas calles de esta ciudad que ya no le pertenecen. Las esquinas son sólo esquinas donde antes había recuerdos contenidos, carcajadas silenciadas y besos cautelosos. Y es que se acuerda de lo que ya ha sido y se encorva y esconde el dedo pulgar y el índice y el meñique en esos bolsillos cada vez más pequeños. Diminutos como los recuerdos que se van diluyendo y que le enfrían por dentro al pensar que ya no es aquel ser que tanto amaba. Y se pregunta si quien es ahora es mejor que el que había sido cuando pisaba esos mismos adoquines. Y se lo pregunta una y otra vez, sin descanso y sin reparo, mirándose en todos y cada uno de los escaparates por los que antes se le iba la vista y ahora ve sin mirar y mira sin ver. Porque ha dejado de tener 5 sentidos y se ha limitado a vagar, a dejar que sus piernas florezcan en calles frías de sentimientos, a dejar que sus oídos escuchen cantares sosegados, a dejar que las palabras se adelanten a todo y se vuelvan gélidas como la noche en que se encontró divagando con la brújula marcando el oeste y los sentimientos marcando el este. Y entonces fue cuando aprendió a contradecirse, refutarse, impugnarse, rectificarse y tantos verbos reflexivos que le quedaban tan grandes, tan anchos de espaldas y estrechos de pecho. Le quedaban tan lejanos al tacto y tan cercanos en el olvido que sólo pudo terminar por cobijarse y ampararse en los reflejos invertidos de los dueños de esas retinas apáticas y descuidadas. En definitiva, estaba perdido entre esas calles que conocía mejor que las palmas de aquellas manos que tantas veces le habían refugiado los días impares que llovía dentro de él, que solía ser dos veces al día.

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